No son ni tres ni cuatro los profesores que a la hora de trabajos a sus alumnos temen que se convierta en un simple googlear las tres o cuatro páginas primeras sin mayor sentido crítico, y copiar y pegar posterior (versión moderna del antiquísimo verbo “plagiar”) de un modo más o menos ordenado. Personalmente soy uno de esos profesores preocupados. Si bien de partida reconozco que, siendo yo estudiante, cuando copiábamos de libros y se nos “olvidaba” citar la fuente, los profesores no tenían las herramientas de las que hoy disponemos para “preocuparse” por el buen hacer de sus alumnos.
Hace tres años me molestaba en seleccionar una frase que me parecía muy buena del trabajo (o cinco palabras consecutivas) y entrecomillarla en google. Para mi antisorpresa, la totalidad de los alumnos que creía que copiaban los trabajos de portales de internet, así lo hacían. Lo que me sorprendió fue la diversidad de “copiados” existentes. Un reducido grupo, ínfimo, plagiaba absolutamente, y sin criterio. Otro un poco mayor, copiaba párrafos seleccionados más de una vez con mucho acierto. Y otro un poco más grande, manejaba diferentes versiones y hacía un incipiente trabajo de redacción común con alguna que otra aportación. Como es normal, no trato aquí la situación de los jóvenes que consultaban internet como se hacía antiguamente con cualquier libro y leían.